Carta a un joven profesor, Philippe Meirieu


Comentario crítico

A pesar de ser un tema que se puede, en un comienzo, ver como algo trillado durante la lectura llegué a pensar que si antes de iniciar mi vida laboral se me hubiera presentado la oportunidad de leerlo habría entendido lo común que pueden ser ciertos sentimientos que se pueden llegar a experimentar. Tener en cuenta que un autor francés se acerca a la cotidianidad del profesor costarricense evidencia, como el educador no es un individuo aislado si no que es parte de un grupo de personas que atraviesan las mismas experiencias día a día. La lectura engloba entonces, importantes conceptos y aspectos que definen a nuestro gremio y que a continuación abordaré.

Primeramente, se aborda el tema del por qué nos hacemos educadores. Esto puede ser una de las principales interrogantes que influirán en todo nuestro quehacer posterior. Muchas veces se inicia como un sueño totalmente idealizado, incluso como el autor lo describe inspirado por algún docente en nuestro pasado, sin embargo al llegar a la práctica, esta meta o este ideal no necesariamente se cumplirá. El choque con una realidad conflictiva, con dificultades de muchas índoles más allá de desmotivarnos como educadores debería de representar un reto. El poder llegar a un verdadero “acto pedagógico”, como lo denomina el autor, no es una tarea simple, aún así el aprendizaje es el eje del ser educador. “La verdadera enseñanza a todos los niveles adopta a la vez el carácter inquietante del encuentro con lo desconocido y el apoyo que aporta la tranquilidad necesaria.” (p.25). Agregado a esto me parece importante rescatar que este aprendizaje es un ciclo, involucra tanto al alumno como al mismo profesor, quién nunca debería dejar de aprender en su práctica profesional.  Este contexto es afín a todo docente, por lo que las clasificaciones entre primaria, secundaria  y  grado universitario no son más que medidas administrativas ajenas a la realidad.

Lo administrativo resulta ser otro aspecto relevante, los educadores estamos inmersos en un contexto sumamente estructurado, jerárquicamente. Cada puesto con sus funciones y principios delimitados. Sin embargo, se llega a caer en extremos donde imposiciones administrativas desvían o alejan al docente de vivir cara a cara lo pedagógico. Hay una escisión entre los programas administrativos y el acto pedagógico en sí mismo. Lo cual se puede resumir, con la siguiente frase: “en definitiva hemos organizado la pedagogía cuando deberíamos haber “pedagogizado la organización””. (p.53). No se trata de ir en contra de la organización y el tecnicismo, por el contrario lo que se busca es no olvidar que es cara a cara con el alumno que el maestro puede desarrollar su máximo potencial.

            Retomando el tema del docente en el aula, otro de los puntos que se abordan en la lectura y que me parece relevante es el de la “eficacia didáctica” fuertemente asociada con el anterior punto. Es decir, el docente necesita una flexibilidad que le permita desarrollar su docencia de la forma más eficaz, adaptando las estrategias y metodologías a su grupo. Evitando, entonces caer en lo que el autor denomina “como un deseo de dominio absoluto. Una voluntad de adueñarse de la mente del otro y de dirigirla en tiempo real.” (p.60) Esta eficacia va ligada a la calidad. El docente debería tener la capacidad de lograr involucrar a los alumnos, utilizar motivaciones extrínsecas como temas del gusto de los alumnos y aplicarlos al método de aprendizaje. Por ejemplo, el empleo de películas de moda, libros, etc. Todo es parte de la flexibilidad que conlleva enseñar, no obstante esto no debe perder su eje, que es ser un medio para la óptima transmisión del conocimiento.
           
            Al comparar este marco en el que se describe la labor del docente con la realidad nacional, se logran divisar  muchas similitudes, entre ellas la cotidianidad del educador en donde no solo debe responder a las demandas académicas sino también a cargas extras, comités escolares, capacitaciones, reuniones de padres, adecuaciones, etc. Si bien es cierto están ligadas al docente, conllevan responsabilidades fuertes y desgaste laboral. Lo administrativo puede ser también problemático, ya que se aleja de la realidad en las aulas. No es lo mismo estar con los alumnos a estar en un escritorio planeando. Se necesita mayor integración de ambos y un trabajo en conjunto. Recientemente en nuestro país, se han hecho mejoras al respecto, reduciendo la cantidad de documentos de planeamientos y de carácter administrativo a presentar, disminuyendo demandas que en la realidad no resultan tan vitales para lograr la verdadera transmisión del conocimiento. 
La lectura, logra su acometido de motivar al docente a sobrellevar las dificultades y más bien visualizarlas como retos, no se trata de alarmarse más bien lo que se debería buscar desde la formación universitaria para ser docentes, es acercar al estudiante a la realidad tal y como es, rompiendo con estereotipos o ideales pero sin desmotivar.
En conclusión, se sabe que el ser docente es una ardua labor, pero la motivación resulta ser un eje transversal a lo largo del trabajo, recordando siempre que fue lo que nos llevó a ejercer esta profesión y sobretodo recordando qué es ser un docente. En síntesis:
 Enseñamos haciendo lo mejor que podemos, en el seno de los dispositivos institucionales que se nos proponen, poniendo en marcha gestiones didácticas que intentamos elaborar lo menos mal posible… pero no debemos nunca perder de vista que el acto pedagógico no puede estar programado  por nadie. Podemos hacerlo todo para que se produzca, esforzarnos por hacerlo plausible … sigue siendo, afortunadamente, fabuloso. Aun cuando es previsible, no deja de ser, en el momento en que se produce, increíble. (p.65)